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| Los recuerdos de Don Lalo |
| Escrito por Genaro Chinchilla |
| Sábado 09 de Agosto de 2008 02:33 |
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Los recuerdos de Don Lalo Por : Genaro Chinchilla La noticia en los diarios, decía escuetamente, “Señor de la tercera edad fue una víctima más de las ya famosas “dormilonas” comandos de salvamento lo recogieron dormido en el parque Centenario y lo condujeron al Hospital Rosales, donde se encuentra bastante Grave”. Menos mal que el paciente guardaba en una bolsa de su pantalón, un sobre aéreo que le servía de cartera (ya sin dinero, por supuesto) donde estaba escrito el nombre de Lalo Monge, residente en la ciudad de Chalatenango, con la dirección. Así fue como en el hospital supieron el nombre de la víctima, que había aumentado el número de los incautos, que caen en las garras de las famosas y tenebrosas “dormilonas”. Doña Candelaria de Monge; esposa de don Lalo y conocida socialmente como Cande, en cuanto recibió el telegrama dándole la noticia, partió a la capital directamente al Hospital Rosales. Dos días había pasado inconsciente don Lalo, pero gracias al tratamiento médico, había mejorado bastante, a tal grado que le dieron de alta y en el carro de uno de sus hijos, lo llevaron de regreso a su dulce hogar. En el camino, medio dormido aún; se disculpaba y explicaba a su familia, que sería la una de la tarde del día del suceso, cuando llegó a una “tienda” a tomarse una cerveza, para ver si así le daba hambre. Pues últimamente estaba perdiendo el apetito. Una muchacha cholotona, que incluso él creyó que era chalateca, le dijo: “Abue, acompáñeme, tomémonos unas dos cervecitas ahora que estoy cumpliendo años”. –Lo último que recuerdo es que brindé por la cholotona y me fue invadiendo el sueño, hasta que fui a parar al hospital, mejor dicho, me llevaron, según me contaron las enfermeras.Doña Cande, sabedora de las frecuentes picardías amorosas de su marido, en los últimos cincuenta años de casados, medita para sí: gracias a Dios que este mi viejo no padece de la presión ni alta ni baja, por lo que no le hizo efecto fatal el brebaje que le dieron esas malditas mujeres. Hoy mismo lo pondré en tratamiento con el doctor, para recuperarle la salud y ojala no tenga ninguna complicación. Don Lalo tenía en su hogar dos hamacas, una que se ganó en una rifa de la escuela donde estudian sus nietos y otra que le regaló un compadre que vive en Concepción Quezaltepeque. Una colocada en el corredor y la otra en el patio, debajo de unos árboles de naranjo. Recordó cuando lo operaron ya entrado en años, adulto, después de los exámenes respectivos, me dejaron cita en el hospital para las diez de la mañana del día nueve de mayo. Llegue puntualmente, me asignaron una cama. A la hora del almuerzo la enfermera me dijo: -Don Lalo Monge, su almuerzo será un edema. Yo no sabía lo que era eso, de lo que me acordé fue de la canción “Gema Preciosa”, pero ¡qué diablos, la veo venir, agresiva, hacia mí, a ponerme una lavativa! Lo mismo sucedió el siguiente día. Horas después fui conducido en una camilla hasta la sala de operaciones. Me pasaron a una cama especial para esos casos. Me operarían de hemorroides. La cama tenía en el espaldar escrito en tirro, un rótulo que decía “parto” el cual arranque inmediatamente, cuando una enfermera de mediana edad me dijo en voz alta: ¿por qué lo quita? ¡Ah, -le contesté-, porque yo soy hombre y no es de parto que me van a operar! Imagínese, ya anestesiado, hasta un raspado me pueden hacer. La doña dejó escapar una risa burlona. Ya en la recuperación cuando amigos y familiares me visitaban y me preguntaban de qué me habían operado, como me daba pena, les decía que de la vesícula. ¿Y el viaje a las cortas de café? ¡Qué viaje! Salimos del pueblo a las dos de la mañana. La caravana era de cincuenta personas entre mujeres, hombres y cipotes…. Caminamos, caminamos hasta llegar a Apopa, no me acuerdo en cuanto tiempo. Nos “Hospedamos” en el corredor de la alcaldía; mi alegría fue inmensa al conocer el ferrocarril y más inmensa aun al saber que en la mañanita tomaríamos ese monstruo de hierro, rumbo a Santa Ana a las fincas de café. Don José Angel, el líder, nos dijo imperiosamente: -“el tren lo vamos a ir a tomar hasta Quezaltepeque, para pagar menos”-. El rendimiento del día anterior y el del siguiente día me angustiaban; pero me consolaba al pensar con optimismo que ganaría lo suficiente para comprar una yegüita que vendía un vecino en 16 colones, lo cual en dos meses hice realidad. Quince años después me di cuenta que el pasaje en el tren a Santa Ana, lo mismo costaba de Apopa o de Quezaltepeque. ****** La conciliación de mi compadre: Resulta que mi compadre después de varios años de matrimonio, se separó de mi comadre y así estuvieron durante más de diez años, hasta que una comisión de Encuentros Conyugales, los parientes de ambos y yo, logramos convencerlos para que se reconciliaran. Hubo éxito, a tal grado que se llevo a cabo la fiesta de la reconciliación. Llegó un trío musical y varios invitados. Mi compadre, ya con unas cinco polarizadas entre pecho y espalda, tomó a mi compadre de la mano, prestó el micrófono de los músicos y dijo: “agradecemos a todos el habernos ayudado para que con borrón y cuenta nueva, iniciemos una nueva vida llena de amor y comprensión y nos sentimos alegres porque gracias a ustedes, después de diez años de separación, hemos logrado rescatar nuestros centros históricos…” En todos esos recuerdos no dejaba escapársele involuntariamente, algunas palabras, risitas y hasta carcajadas máxime cuando se acordó del amor de su vida, la mujer que cambio su vida, que le dio hijos y que más de alguna vez lo puso en su puesto ¡la esposa! Con Cande nos conocimos en un campo de damnificados después de un terremoto, resulta que para dicha de los dos, la champa de su familia y de la mía quedaban contiguas. Tuvimos nuestras primeras miradas de amor y hasta creo que en una de las champas engendramos al primer hijo; cierta vez que el alcalde convocó a una reunión informativa, nosotros nos quedamos adrede, para iniciar en ese día nuestro compromiso marital, después de casarnos y formalizar así nuestra unión, de eso hace ya cincuenta años. ****** Mi padre hacía todo lo posible porque yo no me quedara campesino; aprovechando sus influencias, logró que me nombraran mensajero del telégrafo. Aun no había ni cambiado la voz, cuando llamaban los telefonistas desde Chalate y yo contestaba. Ellos creían que era mujer y me decían “llamá a tu marido que conteste”, yo esforzándome por hablar ronco, les decía: soy el mensajero, soy el mensajero… a los pocos meses me trasladaban a un pueblo lejano y renuncié. Mi padre se disgustó, pero por último me dio la razón. Tana, la trabajadora doméstica de los Monge, acude un día y le manifiesta a doña Cande su preocupación por don Lalo. Fíjese doña Cande que estos últimos días, cuando el señor se encuentra acostado en la hamaca, como que delira, habla solo, se ríe y hasta se carcajea. ¿No cree que le puedan haber hecho algún mal, le habrán dado polvo de sapo o leche de tunca? Yo me aflijo señora porque desde que lo trajeron aquel día enfermo desde la capital, todas sus actuaciones son raras. –puede ser-, dice la doña Cande. Este jodido ha tenido tantas aventuras que yo por consideración y por amor a mis hijos, se las he perdonado, las que me he dado cuenta, porque habrán muchas que las hizo bien, hasta hijos regados dicen que tiene. Ya voy a hablar seriamente con este viejo y si está loco, pues lo mandamos al manicomio. Doña cande tomó una botella de chaparro del mismo Lalo, vació una copita y se tomo dos tragos seguidos. Quería tener valor y fuerzas para enfrentar a su esposo y hacerle una serie de preguntas que llevaba en su corazón desde hacía años. Los temores de la sirvienta y las habladurías de la gente, le daban la pauta que tenía que hablar formalmente con su esposo y así lo hizo. -bueno Lalo, en todos estos años que tenemos de estar juntos, nuestra visa no ha sido ni buena ni mala, regular. Claro que te he perdonado muchas zanganadas. Tú para tomar has sido poco, para fumar también, pero para las mujeres, según me contaban y me siguen contando, has sido verdadero tunante ¿Qué lo hacías bien oculto? Pueda ser, pero en este mundo todo se sabe y el {único remedio fue hacerme la loca. Ahora que te sucedió lo de las “dormilonas”, que te embaucó la famosa cholotona, quiero que me digas cómo te sientes en realidad. El doctor dijo que poco a poco te irías recuperando. Dejó medicina para tus nervios, tu corazón y en diez días dijo que estarías completamente bien; pero últimamente, y ya estamos a treinta días de lo sucedido, tú no has mejorado mucho, comes poco, sólo te la pasas de una hamaca a la otra, hablas solo, te ríes ¿no será que tienes alguna aventura amorosa que te está carcomiendo el corazón? Yo, ya otra infidelidad no te la perdono, ya estas viejo, ya eres de la cuarta edad, pena debería de darte. Reconozco que siempre has sido responsable en el hogar, nada nos ha faltado, pero conociendo lo mujeriego, tus deslices y parrandeadas ¿qué podemos esperar de ti? Esto no es un pleito ni un reclamo, es más que todo el deseo de saber la pena o cuál es la culpa, que ya no puedes ocultar tus picardías, habla claro, desembucha todo, dime la verdad ¿Qué te pasa?- Don Lalo, sereno como siempre, con calma extraordinaria, toma la botella de chaparro que había dejado en la mesa doña Cande, se la empina y limpiándose la boca con el revés de la mano, contesta: “los tiempos cambian, por ejemplo, antes cuando había un temblor fuerte, la gente clamaba a todos los santos del cielo, Jesús del Rescate, la Divina Providencia, San Antonio, San José, etc. Actualmente cuando tiembla, la mayoría de los cipotes dicen: ¡puchica, qué fuerte! Y algunos hasta dicen palabras un poco más vulgares. Y hablando de terremotos me imagino que a los temblores les ha de pasar como a los escueleros, y se han de preguntar: ¿y vos de qué grado sos?” Antes también las cucas se mataban con ceniza caliente, ahora hasta en las refrigeradoras se meten y al fumigarlas, parece que se ponen a reír. Como tú dices, ya estoy viejo, tengo que aceptarlo. Aquel día nos fuimos a la Feria Internacional con toda la familia, el señor que estaba en la entrada recibiendo los tiquetes me dijo: “usted ya no paga abuelito, pase”, cuando fuimos al cerro verde, el portero nos dijo: “por el señor de la tercera edad, no van a pagar”, al verme al espejo lleno de arrugas y canas confirmo que sí ya estoy viejo, el hacha de los años poco a poco ha ido minando mi cuerpo de roble. Quiero que sepas que eres la mujer que con sus bondades, dedicación y atenciones, le ha dado a mi vida felicidad. Pueda ser que creas que estoy loco y es verdad, pero loco de amor por ti. Los últimos años que me quedan de vida, los dedicaré exclusivamente a mi Cande del alma. Cuando fui a San Salvador no era por picardía, buscaba a un abogado amigo mío, porque quiero hacer mi testamento. Si muero repentinamente, no quiero peleas de herencia y a cada uno le dejo algo, aunque sea poco, y a ti, tené la seguridad que tendrás la mejor parte, pues tú has sido mi brazo derecho para que compráramos nuestras cositas. Doña Cande un poco recelosa, solo escuchaba aquellas palabras que traspasaban los picados dientes de su esposo y hasta le dio un abrazo apretado pidiéndole perdón por lo mal pensada. Quiero explicarte también que en lo más crítico de la enfermedad de “sueño”, varios pacientes y enfermeras pueden atestiguarlo, yo gritaba llamándote ¡Cande, Cande! Y mi vecino de cama les decía a los demás “este viejo sí que está enamorado de su señora” - No sé porque diablos pero me ha venido el recuerdo de muchas cosas relevantes de mi vida. De cuando era niño, joven y viejo.- El tiempo siguió su camino. Los días fueron pasando, hasta que don Lalo ya no se levantó de la cama. El doctor no le encontraba ninguna enfermedad, su diagnóstico no era aflictivo, y solamente recomendó que le pusieran sueros, algunas pastillas e inyecciones, pero el enfermo no se recuperaba, hasta un día -llama a nuestros hijos- le dijo a su esposa. Los quiero a todos a las cinco de la tarde en punto, frente a mi cama. Por supuesto, nada de disculpas, ¿entendida?. Fueron colocando sillas alrededor del lecho y cada uno de los citados se preguntaba: ¿Cuál será el motivo?, ¿Será que ya se siente cerca de la sepultura y quiere dar a conocer el testamento? ¿No habrá citado al abogado? No, respondía doña Cande, solamente con nosotros quiere hablar. El momento era tenso, toda la familia estaba reunida frente al enfermo, esperando cual podría ser el motivo para que don Lalo les convocase de urgencia, hasta que el enfermo, acomodando la cabeza, tosió, quizás con el deseo de aclarar lo más posible su voz. -Uno de los motivos para llamarlos es para que no piensen, como lo han de haber pensado ya, que dentro de pocos días partiré al otro mundo. No, están equivocados, hay un dicho que dice que “el mal zacate no se quema”, mi santo favorito, estoy seguro, que me dará vida para un tiempo más, pero por si eso sucediera les solicito, como padre que cuiden a la Cande, su madre. Ella ha sido para ustedes y para mí una maestra de la escuela de la vida, que ha sabido llevar la carga de los problemas de todos nosotros y ha llorado de alegría al verlos a ustedes felices. Por otra parte, he sabido de algunos distanciamientos entre ustedes, recuerden que son hermanos, que deben estar unidos, si quieren triunfar. La mejor herencia que les dejo son sus estudios y espero que ustedes lo hagan con sus hijos inculcándoles a la vez, el amor a Dios. Ahora bien, quiero que traigan a mi lecho, una grabadora, -¿una rasuradora? Exclamó uno de sus hijos. Es verdad que estoy barbudo pero las rasuradoras son para rasurar y yo lo que quiero es grabar ¿entendido?, ¡una grabadora! Déjenmela ya enchufada, lista para que funcione. Los familiares, incluso doña Cande, se miraron entre sí, perplejos y pensando “es verdad nuestro padre está loco” ¿quién puede pedir una grabadora cuando está a un paso de la muerte? Doña Cande pensaba para sí ¿hasta dónde quiere llevarnos este viejo? Don Lalo, fue observando uno a uno los presentes, hasta que con voz varonil rompió el silencio: ¿por qué se quedan callados? ¿No han oído bien lo que les pido? ¿Piensan que estoy desquiciado? Carlos, el hijo mayor salió de repente y en minutos venia con una moderna grabadora y su respectivo cassette de noventa minutos de duración. Gracias hijo, ahora les suplico me dejen solo con esta animala. Cierren bien la puerta y les avisare con un grito, cuando ya puedan regresar entendido? – todos fueron saliendo obedientemente del dormitorio, hasta dejarlo solo. Ya conectada la máquina don Lalo inicia su labor. Uno, dos, tres, probando, probando… he querido aprovecharme de la modernidad de las comunicaciones. Sistema que me da la oportunidad de dar rienda suelta a mis pensamientos, sin que pueda ser interrumpido por preguntas o perturbado por miradas maliciosas. Pero que podrán escuchar posteriormente las veces que deseen, incluso escribirlas. La tal máquina del tiempo que tanto han dicho los escritores, solamente ha sido una idea de fantasía, pero como la ciencia va en camino acelerado, algún día pueda ser que sea una realidad y por eso relataré, algunas estampas que tengo grabadas en mí pensamiento y mi corazón. ¡Ojalá se logre algún día retroceder al pasado para fotografiarlas para que la gente del presente pueda extasiarse al ver el Chalatenango de la mitad del siglo pasado, los años 50 del año 1900. La Tigra, el policía municipal, correteando a los cipotes que en horas de clase deambulan por las calles, Doña Juana en uno de los portales, vendiendo deliciosos refrescos de ensalada, tamarindo, horchata, cebada, chan…. Picacho, con una máquina Singer a la espalda y con mecapal, con su esposa a la par rumbo a los Ranchos. Las flores, Arcatao, Ojos de Agua o Las Vueltas. El Dr. Peña Trejo paseándose en la cuadra al costado norte de catedral, platicando solo o rompiendo el silencio de la noche con sonoras carcajadas. Don Miguel Díaz, el viejo celador de las líneas del telégrafo, con su tenaza al cinto y con paquetes de recibos en la mano, para legalizar y cobrar el sueldo de muchos profesores de la zona. Don Chalo, el barbero diplomático, inmaculadamente vestido, regalando sonrisas a los transeúntes con su maletín de médico, regresando de rapar a los militares del cuartel, para hacerlo después con los civiles en su barbería. La pulga, otro barbero de pocas palabras (que raro) parsimoniosamente y con tijera en mano, viendo de reojo quien será el próximo cliente. Don Juan, el sastre especialista en confeccionar pantalones balunes. La poza de las Chabelonas, repleta de bañistas unos aprendiendo a nadar en la orilla y otras acrobáticamente tirándose a la poza en clavados olímpicos aplaudidos por jóvenes, viejos y viejas asistentes perennes del lugar. Don Valentín Santos caminando raudamente hacia su trabajo en el telégrafo dándose los últimos toques por la cabeza de su negro y desdentado peine. Damasito Recinos caminando, en el correo, Paquito Córdova con su dinámico equipo de trabajo, recibiendo y despachando la correspondencia postal. Al medio día, bajo la mirada inquisidora de don Régulo Pastor Murcia, el gran maestro, salen alegres los alumnos del Grupo Escolar “Felipe Solano”, Chepuyo, Chema Mica, Arnulfo Romero, Arnulfo Crespín, Tarzán, los López Beltran, los Saca (Ernesto, Chepe, Oscar Díaz, Abraham, Raúl, Napo), Patrocinio Córdova, Miguel Díaz, Genaro, Gigante Ramírez. Los Cartagena, ganaderos de profesión, cerca del rastro y en peleas dominicales a través de los tragos. En las calles oscuras, la maleta, la bola, la Ala de pollo, la Toñona, preguntando y piropeando a los transeúntes con su famosa frase: “Esta no es una rifa, dos colones es la tarifa”. Don Santos García, el sastre de la cuesta del calvario, hilvanando ruedos de pantalones, con cinco alfileres en los labios, sentado en la acera y mirando de reojo a los caminantes, regalándoles cariñosos adioses. Doña Laura Salguero y sus fieles y activas sirvientas, con un largo y nudoso bordón apuntándoles, reclamándoles por qué no atienden mejor a los clientes, ya se estaban terminando la cerveza y aun no se les servían la boca de chacalines, pepino o queso. Doña paquita, en la pulpería cerca del grupo escolar, afanada atendiendo a los escueleros, comprando helados, guineos, dulces, mangos curtidos, pan. Doña María, con su florido tapado cubriéndole la cabeza y parte del cuerpo, vendiendo en las primeras horas de la noche y en una esquina, los vasos de ponche calientitos, bien batiditos y con más guaro que leche, según el gusto del cliente. Don Toño Díaz, en la entrada oriente de la ciudad, chequeando a los caminantes procedentes de Honduras y de los pueblos de esos rumbos. Don Gonzalo Miranda, bien vestido y con sombrero de pelo saludando diplomáticamente a la gente y algunas veces abrazando a Fide, Gonzalo, o Nenita, sus amadísimos hijos. Jacinto, el primer taxista del pueblo y conductor del correo a la capital y viceversa, haciendo viajes expresos hasta los lugares donde podía llegar con su carro de capota blanca. Don Toño Rivera, a la par de su hija Finita, cruzando el parque rumbo a la Alcaldía a trabajar. Don Chico Navarrete, sentado en una mecedora en el portal frente a su tienda y con un humeante habano entre sus dedos, parece decirle adiós, buena suerte, a toda la gente que pasa. En la cantina, Don Gustavo Abrego entrega desde el otro lado del estante, la mercancía que exigentemente le solicitan los engomados. Por la calle, rectilíneamente, marchan los soldados dirigidos por un joven oficial que los lleva a la Sierpe para las clases castrenses y para dar más presencia o porque así lo ordena el reglamento , va diciéndoles en voz fuerte: “un, dos, tres, cuatro”. Don Toño Ayala, el abogado de los pobres caminando erguidamente con un largo cuaderno marca Quijote en las manos, con dirección a los juzgados para tramitar la defensa de un reo preso en la cárcel que está adentro del cuartel. El Chele Manzano, narizón y chapudo, observa a los clientes que llegan a degustar las famosas minutas de fresa. Cerca del mostrador, una ardilla divierte a los visitantes con sus acrobacias en una jaula. Doña Amalia y doña Concha, redondean habilidosamente la masa para dar figura a las pupusas de ayote, queso, frijoles y chicharrón. Un viejo pichel de barro humea a la par de los tizones del comal. Don Chepe Saca, en su almacén, atentamente y con especial cuidado escribe en un grueso cuaderno, los pasajeros que al día siguiente abordarán el bus que los llevará a San Salvador, y que en la pasada de la barca, en el río Lempa disfrutan algunas veces los cobradores de la camioneta Triguera o Raf. El padre Araujo, en el trayecto entre el convento y la iglesia, va bendiciendo pausadamente a los feligreses o paganos que encuentra en la calle, dirigiéndoles frases católicas y conciliatorias. En el patio de la casa de don Cheyo Rauda, en el barrio San Antonio, doña Meregilda en el Calvario y los Solís a la salida de occidente, se congestionan de bestias en los fines de semana, especialmente, de personas que desde los distintos pueblos y cantones del departamento llegan a comprar o a vender. En esos “parqueos” se vende zacate verde o seco, a cinco centavos el manojo. En el kiosco situado en el centro del parque, el señor Somoza dirige la banda Regimental, algunas veces el también toca un minúsculo instrumento que no da con la proporción de su corpulencia, mientras Manuel Pérez y Tomás, los raquíticos, tocan los grandes contrabajos. Las chamarras vendiendo pan en la plaza, la mumuja vale cinco centavos, la bolsada. Los ricos pasteles de carne, diez centavos, venden también salpores de arroz y almidón, semitas y rosquillas. En el parque, las jóvenes parejas de novios pasean llevando cada uno cartuchitos de pepitoria y cacahuate. Desde la alcaldía, por los balcones, se asoman algunas veces el gobernador, otras, los trabajadores tratando de captar con la cámara del pensamiento, los aconteceres de la calle. Ena Corado, Hilda Saca, Toyita Romero, Silvia Amaya, Hilda, Rosa, Victoria e Isabel Abrego, elegantemente vestidas y elegantemente caminando por las encantadas calles. Doña Juana en su comedor al costado occidente del cuartel, con comida a la vista, pero todo cubierto con mantas, “por si las moscas”. Don Toño, seguido de cipotes, recogiendo en el barrio San Antonio, la mercadería que transportará en el camión a San Salvador. Manzanares, uno de los motoristas del bus sonriéndoles a los pasajeros con su blanca dentadura. Ya es de noche, en los portales los señores Alas, han suspendido las ventas de cuero, caites, machetes y sombreros. Tienden presurosos sus petates, para dedicarse a dormir y dentro de unos instantes, estarán acostados, envueltos en sus policromos perrajes y solamente se escucharán, desde cerca y desde lejos también, los garbosos ronquidos...” Cambio y fuera. Clic. Al haber exteriorizado don Lalo ese cúmulo de recuerdos que tenía en su cerebro y corazón sintió que todas sus dolencias habían desaparecido. Ya no hubo necesidad de gritar para que regresara su familia a su lecho. Se levantó intempestivamente, abrió la puerta y les dijo: ¡Ya pueden entrar, todo ha terminado! FIN. |
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